Nostalgias de un fumador y otros ensayos de Rafael Antúnez: dos aproximaciones

Nostalgias de un fumador y otros ensayos: dos aproximaciones*

 NostalgiaFumador

*Una versión de estas notas fue publicada en el Suplemento Laberinto de Milenio a cargo de José Luis Martínez S. en octubre de 2013

I. Dueño de lo que sé…

 Nostalgias de un fumador y otros ensayos (IVEC/CONACULTA, 2013) de Rafael Antúnez (Xalapa, Ver., 1960) podría explicarse a partir de los libros, películas y obsesiones referidas o por los autores y personajes a quienes el autor dedica su atención a partir de un detalle nimio o una anécdota específica. Empero, el principio ordenador del volumen está cifrado en la memoria de un silencioso exfumador, empeñado en resolver: ¿quién soy ahora, tras sufrir un infarto, posiblemente por haber fumado todos los Muratti Ambasador que me han sido posibles, hasta el 25 de marzo de 2045, según mis “ramonianas” cuentas?

Una primera respuesta explica: detrás de los nombres algo respira, detrás del silencio existe un recuerdo, y dicho recuerdo –conducido por un cigarro encendido, cuya luz sucede en el pasado–, se significa en un viaje interior, fijo, inmóvil, donde el verdadero viajero no va por el mundo. Lleva el mundo consigo, descubre algo que sólo el viaje nos da: la certeza de que podemos estar en más de un lugar a la vez.

Así, cada ensayo-viaje provee al autor de la certeza indispensable para ampliar su argumentación: la columna vertebral del volumen será el ensayo titular –dosificado a lo largo del libro–, y su “corazón”, «El peregrino inmóvil». Es entonces cuando Antúnez amplía otros descubrimientos: Elizabeth Taylor, desconocida cuentista homónima de la actriz, la recuperación del extraordinario Julien Green; el listado de los silentes escritores admirados por Juan Vicente Melo (Gorostiza, Rulfo, Pellicer, Vicens, Banchs, Bombal, Chumacero, Salinger, Nelligan, Hammett…); el eterno reinado de Bela Lugosi entre los vampiros de la industria fílmica; el camino hacia la obra de Sergio Pitol trazado por una neblina luminosa; los mundos sugeridos por Carlo Collodi en Pinocho; los interminables juegos de mentiras a medias de Juan Vicente Melo; la poesía joven del joven Ramón Rodríguez, hacedor de versos deslumbrantes originados en y desde el silencio.

No hay aquí lugares comunes: el taco, la sal(sa), el silencio o los sueños son temas novedosos gracias a la argumentación apasionada de Antúnez, decantada por la reflexión y la (re)escritura. Cada apartado se torna en conversación, donde el autor destaca por encima de todo su experiencia de lectura y los asombros en ella encontrados, sin abandonar la parafernalia del mundo del fumador (por ejemplo, compara el fumar y el amor, pues ambos operan como religión unipersonal donde los devotos instauran sus ritos y su mitología, sus deidades y su templo).

Nostalgias de un fumador… no está escrito desde la tragedia personal o el dolor. Más allá del accidente del infarto, Antúnez se revela aquí, plena y literalmente, en la salud y desde la enfermedad. Sin amarguras como William Styron en Esa visible oscuridad o distante del pesar como C. S. Lewis en Una pena en observación, Antúnez se transforma vital, conversador natural, provisto de una voz única, de narrador y ensayista a un mismo tiempo, como José de la Colina en Tren de historias o Libertades imaginarias o como Pitol en El arte de la fuga. La impronta de Luis Cardoza y Aragón o Alberto Salcedo Ramos es manifiesta también.

Sin embargo, ¿responde Antúnez a su ¿Quién soy? inicial? En «Las provincias del sueño» se confiesa claro y sin miedos, transparente como los grandes autores a quienes admira: soy niño y adulto a la vez, dueño de lo que sé y de lo que ignoro y aún de aquello que jamás llegaré a saber sino en el sueño.

II. Dueño de lo que ignoro

Nostalgias de un fumador y otros ensayos cautiva e inquieta desde su primer trazo, donde Rafael Antúnez dice de sí mismo: “Fumé con ahínco, placer y constancia, desde que cumplí catorce hasta los cuarenta y cuatro en que me dio un infarto. Fumé puro, pipa y cigarrillos (con y sin filtro) nunca antes de las diez de la mañana, casi nunca acostado, casi nunca en domingo. Cuando dejé de fumar pensaba, principal y únicamente, en fumar. A cada momento descubría cuán ligada había estado mi vida al cigarrillo y cuánto placer me proporcionaba […] Como amar, fumar es una religión unipersonal. Cada fumador instaura sus ritos y su mitología, sus deidades y su templo.”

No debe pensarse en este libro como un diario construido a partir de una apología del cigarro o como una férrea defensa del hábito de fumar. Existe, sí, una pequeña nostalgia de este placer –culposo para muchos–, incluyendo su imprescindible parafernalia (desde los libros hasta el cine, con marcas, fumadores famosos y costumbres…). Nostalgias de un fumador… resulta un recorrido por autores, libros y temas particularmente importantes para Antúnez, empleando la memoria o el anecdotario lo mismo para reclamar el injustificado olvido para con la obra de Julien Green; advertir el silencio como señal en común a Melo, Gorostiza, Pellicer, Rulfo, Vicens, Banchs, Salinger, Hammett…; descubrir a la narradora Elizabeth Taylor, homónima de la actriz; o definir al sueño como el espacio donde volvemos a ser niños y adultos a la vez, dueños de lo que sabemos y de lo que ignoramos y aun de aquello que jamás llegaremos a saber.

Así, si la columna vertebral del volumen es el ensayo del título, dosificado a lo largo del libro, su corazón se ubica en “El peregrino inmóvil” donde Antúnez concreta, a partir del significado del viaje, una definición sobre el género: el verdadero viajero no va por el mundo. Lleva el mundo consigo, descubre algo que sólo el viaje nos da: la certeza de que podemos estar en más de un lugar a la vez. Ello permite entender la decisión del autor de fijar temas como la sal(sa) en la comida, el taco o el silencio, la risa y el sueño en la vida cotidiana y su reflejo en la literatura: se trata del universo propio del viajero y del escritor, imposible de abandonar a pesar de la travesía, del viaje inmóvil que significan la lectura y la literatura.

Se entiende entonces el afán del autor por precisar con rigor y pasión el punto central de su volumen: sus influencias más sentidas (Sergio Pitol como el mago del lenguaje y la trama; Juan Vicente Melo, el extraordinario conversador cómplice; Ramón Rodríguez, el joven poeta hacedor de versos cautivantes originados desde el silencio) y los libros más reveladores en su opinión (La conciencia del Zeno, El arte de la fuga, Cuando fumar era un placer, aunque el dedicado al “verdadero” Pinocho de Carlo Collodi es uno de los mejores del compilado, centrado sólo en apuntar los temas sugeridos en la novela por el escritor italiano). Se trata también un homenaje a libros tan deslumbrantes como Libertades imaginarias de José de la Colina, los ya citados de Cristina Peri Rossi y Sergio Pitol o la literatura de Cardoza y Aragón y Alberto Salcedo Ramos.

La aspiración literaria de Antúnez aquí es conciliar el mundo real con el del escritor, quien busca la felicidad mientras escribe. Ahora imagino feliz a Rafael Antúnez: en adelante más lectores querrán saber de sus futuros recuerdos y ensayos.

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