Sin prejuicios o actitudes impostadas, sin pretensiones que demuestren petulancia o soberbia, la edición de la ópera prima de Agustín del Moral Tejeda (Las Choapas, Veracruz, 1956), Nuestra alma melancólica en conserva obliga sin duda a pensar en precisiones importantes dentro de la Literatura Mexicana, toda vez que esta obra viene a abonar el derrotero marcado por la novela testimonial mexicana interesada en el poder, los movimientos revolucionarios y sociales y el cambio de mentalidades de nuestro país, como Morir en el Golfo o La guerra de galio de Aguilar Camín, Charras de Lara Zavala o ¿Por qué no dijiste todo? de Salvador Castañeda, al tiempo que continúa otra tradición, la correspondiente a la narrativa del presidio o la crujía, contenida en Los muros de agua, Los errores o El apando, de José Revueltas.
Empero, la novela de Del Moral no incurre en el panfleto o la moda. Por encima de todo, se trata de un cuestionamiento al camino que pretende tomar las armas con el fin de obtener una nación más justa y democrática, según confiesa en la siguiente entrevista. La historia contada por Del Moral presenta no sólo su experiencia sino su juicio y argumento acerca de los caminos que deben seguirse para construir un estado democrático. Se trata de un parte de guerra personal, que habla directamente hacia nuestras indecisiones como ciudadanos.
Juan Javier Mora-Rivera: ¿Cómo y cuándo se te ocurrió escribir Nuestra alma melancólica en conserva?
Agustín del Moral: La primera versión de la novela la escribo en 1990, entre julio y noviembre. Luego transcurren aproximadamente tres años, a pesar mío. Lo que hice en ese tiempo fue someter inmediatamente la primera escritura a la lectura de mis amigos. Mi intención era, una vez recogidas sus opiniones, trabajar una nueva versión. Sin embargo, pasan tres años para que produzca la segunda versión, tras un periodo de depresión muy terrible del que, la verdad, aún no sé si he salido.
JJM-R: ¿Y por qué contar esta historia? Porque no se trata de un relato común, sino de una historia que no frecuenta la autobiografía directa, sino testimonial
AdM: Para contestar esta pregunta, tendría que remitirme a mi adolescencia. Esta historia la tenía desde los 24 ó 26 años; un momento en el cual tomé la decisión de “militar” –lo hice durante cerca de 15 años en la izquierda, en un partido: el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Este partido, tl vez a diferencia de otros, hablaba directamente sobre la Revolución, sus fines y sus causas.
Por ello, el deseo de ser escritor fue algo que tuve que ir posponiendo, por el tipo de militancia que asumí. Durante muchos años fui lo que en la izquierda se conoce como “profesional del partido”; un militante de tiempo completo, con salario. Entonces, por alguna razón –si quieres romántica, de joven– jerarquicé mis inquietudes, mis necesidades y puse en primer plano la militancia política, que equivalía a poner en primer plano la revolución.
Así, pude escribir cuando tuve la oportunidad de viajar de París, donde trabajé durante tres años editando una revista de esta organización. Entonces tuve la calma, el tiempo suficiente, necesario, para finalmente escribir.
Pienso, por otro lado, que en gran medida es una historia autobiográfica, pero también es testimonial. En todo caso, lo que posibilitó pasar del cariz autobiográfico al testimonial fue la época que reconstruí; una época importante de la historia de México, pues luego de 1968 el país entró en un periodo de transición hacia la democracia, que conoció uno de sus momentos más importantes ahora en julio, con las elecciones federales.
Creo que esto radica la importancia del carácter testimonial de la novela. Ese es el tipo de temática que me interesa, que me atrae: el lado oscuro de la gente. Escribí este texto por la literatura, por una fidelidad a la palabra y un compromiso social. Lo hice como un acto de justicia conmigo mismo.
JJM-R: Nuestra alma melancólica en conserva no sólo refleja con claridad una época importante sino difícil que la historia oficial no ha querido contar. Tu novela lo hace, pues junto a tu historia personal se advierten formas incluyentes; hablas tanto de nuestra formación sentimental como de la política. Retratas desde un punto de vista privilegiado cómo se enfrentó en México el problema de la guerrilla. Pero lo más importante: la novela resulta fundamental para toda una generación…
AdM: Definitivamente el propósito no fue ese. Si resultó así, la riqueza de la historia se debe a que retrata indirectamente un periodo, un momento de la historia de nuestro país. Carlos Fuentes afirma –por ejemplo– que si se quiere conocer la historia de la Revolución Mexicana, más que buscar en los libros de textos oficiales habría que ir a las novelas de Martín Luis Guzmán o de Mariano Azuela.
En mi caso, más que destacar lo que me corresponde como autor de una novela que indirectamente reconstruye parte de la época de los setenta, habría que remitirse al valor de la literatura como parte importante del proceso cultural de un país.
JJM-R: Podríamos entonces hablar de una serie de autores que tratan en diversas obras temas de alguna manera similares. Pienso en Salvador Castañeda, Hernán Lara Zavala o Héctor Aguilar Camín. ¿Considerarías a la tuya como parte de todo este mapa narrativo?
AdM: No lo busqué así. A pesar del tipo de militancia que absorbía la mayor parte de mi tiempo, y a pesar de que milité en un partido que afortunadamente me exigía leer, sobre todo cuestiones políticas, siempre dedique tiempo a la lectura literaria. Tal vez imbuido por este espíritu, por ese ánimo, una buena parte de mis lecturas tiene que ver con la cuestión testimonial.
Efectivamente, vengo de otra época muy marcada en lo que era la “literatura de compromiso”. Al respecto, quien mejor zanjó esta cuestión fue Julio Cortázar. Él, alguna vez en Paris, en una mesa redonda, deslinda esta cuestión: ¿cuál es el compromiso del escritor? ¿Es con la revolución, con la literatura, con la palabra?
Puedo decir que toda esta cuestión bien que mal me marcó. Afortunadamente, el panorama es bastante amplio y puede irse desde Carmen Castillo, con Un día de octubre en Santiago, donde reconstruye lo que fue la historia del MIR y de sus compañeros, hasta Recuerdo de la muerte, de Miguel Bonasso. Esto en América Latina. En Europa están, por ejemplo, las novelas de Boris Pilniak o Milan Kundera, textos que reconstruyen lo que testimonialmente era el proceso de conformación social de los llamados regímenes socialistas.
Entonces sí, debo reconocer que en mi formación literaria hay una influencia muy marcada de lo que podríamos llamar “Literatura testimonial”.
JJM-R: Hemos bordeado temas como la política, la literatura de compromiso, la revolución, las ideas libres… Si aplicamos una lectura política a Nuestra alma… podemos hablar de esos 20 o 30 años que permiten hacer valoraciones en el terreno de la literatura. Adolfo Castañón afirma que toda obra literaria, pasados 30 años, mantiene un diálogo y un entendimiento distinto, comprobando su valía en tanto su perdurabilidad, que la hace trascender. Tu novela, en su primera edición, coincidió con el instante en que se valoraba el papel y los fines del EZLN. ¿A quienes proponen este camino para solucionar los problemas de México, les dirías que están equivocados?
AdM: No es así de directo. No estoy muy marcado físicamente por el efecto de la guerrilla; no podría afirmarlo. Me marcó en el sentido emocional: mi maestro de segundo de primaria fue encarcelado; un primo suyo –a quien también conocí–, y dos hermanas de uno de los mejores amigos de mi infancia continúan desaparecidos; otros dos exguerrilleros, al salir de la cárcel, desaparecieron también, además de otro exguerrillero está exiliado en París, donde lo conocí.
Aunque suene desfasado, tuve frente a mí la posibilidad de irme a la guerrilla. Empero, esa idea nunca me cruzó por la mente, a pesar de que entré en contacto con Fabrizio Gómez Souza, quien, de algún modo, estoy plenamente seguro, mantenía contactos en prisión con sus compañeros, pues pertenecía a movimientos que encuentran mecanismos para su continuación.
Los jóvenes de mi época, de mi edad, se fueron a la guerrilla. Yo, en cambio, decidí militar en un partido político, aun cuando declaraba públicamente que deseaba hacer la revolución como parte de un proceso social; con una clase, en este caso la obrera, que dirigiría el proceso e involucraría –si no al conjunto– a las clases más importantes de la sociedad mexicana.
El PRT hizo una crítica bastante aguda, profunda, a la experiencia guerrillera. Políticamente me eduqué durante la construcción de un partido en el que confluían importantes sectores de la población y que daría forma a una revolución. No creo en la guerrilla como vía para resolver los problemas de México.
JJM-R: Regresando a la novela, ¿qué tan difícil fue superar el dolor que te provocaba novelar esta historia?
AdM: Estoy a gusto con el tiempo transcurrido para soltar esta historia; no sólo en el sentido catártico, sino en el paso de los años entre la vivencia y el de la escritura misma. Fue benéfico porque me permitió madurar psicológica y emocionalmente; me permitió guardar la distancia necesaria para enfrentarlo.
Pero también estuvo la prueba de los años, que me permitieron ir decantando la historia, no sólo en términos literarios o de lenguaje, sino del proceso social vivido en nuestro país. Éste me permitió dar a la novela un enfoque; me mostró que la guerrilla fue una experiencia fracasada.
JJM-R: La novela le debe mucho a la poesía. Su nombre, según me comentabas, viene del poema de César Vallejo “Intensidad y altura”. La novela, como el poema, mantiene una fuerza, un aliento que permite al lector digerirla de una sola vez y posee una calidad, incluso ratificada por una carta que Vicente Leñero le envío a Luis Arturo Ramos para que autorizaran su publicación…
AdM: Jean Genet afirma que todo escritor auténtico termina por encontrar una forma de expresión propia. No pretendo ser un auténtico escritor; me hubiera encantado poder contar esta historia en un poema largo, pero la poesía no se me da. No poseo la estructura mental, emocional que me permita hacer de la poesía mi forma de expresión. Dentro de Nuestra alma… están presentes dos o tres poetas, y verdaderamente hubiera querido poder hacer de la poesía un instrumento para contar una historia de esta naturaleza.
JJM-R: Finalmente, la traducción es un género literario que también ejerces. Si hiciéramos una analogía del proceso de la novela, hablaríamos de una traslación de los sentimientos de una época y su afán por plasmarlos en la escritura. El no poder expresarte a través de la poesía y optar por la prosa, ¿tu experiencia como traductor te permitió acceder a la obra negra, como afirman Octavio Paz y Sergio Pitol?
AdM: El trabajo de traductor, en el cual se piensa mucho durante el proceso de llevar una lengua a otra, efectivamente me ayudó: no sólo para ir de un lenguaje a otro, sino también para transitar entre género a otro.
* Publicado originalmente en la sección cultural “La rosa de los vientos” incluida en el número 2 de la revista Oriente, del 18 de noviembre de 1997.

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