Lejos del muladar ruido

Aureliano Hernández Palacios, rector de la Universidad Veracruzana (1955-1956)

Junio 6, 2008 · Deja un comentario

Aureliano Hernández Palacios al centro, acompañado por Gonzalo Aguirre BeltránSi el fin último de una semblanza o retrato del maestro Aureliano Hernández Palacios (1908-2002) fuera establecer la dimensión de su legado para la Universidad Veracruzana (más allá de su obra literaria dispuesta en diversos volúmenes de Poesía, Derecho o en sus memorias personales e institucionales), propongo que tal valoración no implique la importante labor realizada en casi todos los cargos que ejerció dentro en esa Institución y en la Administración Pública Estatal después de 1956, si bien en todos destacó por su espíritu de entrega y esfuerzo institucionales, donde el beneficio común estaba por encima del proyecto político personal.

Y ello obedecería al hecho de que el nombre de este ilustre abogado y normalista veracruzano adquiere relevancia absoluta para la administración pública y universitaria y para el ámbito político de Veracruz a partir de su paso por la oficina principal de la UV, entre enero de 1955 y diciembre de 1956, cuando por Acuerdo del Consejo Universitario es designado Rector, en sustitución de Ezequiel Coutiño Muñoa, quien al proponerlo como su sucesor dibuja la actitud de servicio del entonces Director de la Facultad Jurídica (hoy Derecho) con palabras justas: “En los asuntos de la Universidad, [Aureliano Hernández Palacios] siempre ha colaborado fiel y lealmente en la marcha de nuestra Casa de Estudios”. Su nombramiento, más allá de un simple trámite administrativo, resultó esencial.

Aureliano Hernández Palacios –como afirma el poeta y editor Ramón Rodríguez– es uno de los constructores primigenios de la máxima Casa de Estudios de Veracruz, pues su labor estuvo destinada a crear y dar forma a una institución educativa que diera renombre y prestigio a la provincia y contribuyera al progreso del Estado, empleando para ello una sensibilidad e imaginación notables y difíciles de encontrar en nuestros días en la política local y nacional, revestida hoy de protagonismos y discursos que, disfrazados de Democracia, esconden proyectos de idolatría personal y autoritarismo.

La corta gestión del maestro Aureliano Hernández Palacios armonizó diversos órdenes de la UV, con la intención de retribuir a la sociedad y su comunidad no sólo la difusión de conocimientos, sino la “correspondiente aplicación práctica de progreso para la Comunidad Mexicana”; “la obra de mayor trascendencia que un gobernante puede realizar en beneficio de sus gobernados es la educativa”, sentenciaba en su Testimonio de la Universidad Veracruzana (1988).

De ahí que apenas un mes después de su designación disponga el establecimiento de un Bufete Jurídico para pobres, sin costo alguno, coordinado por alumnos de la Facultad de la especialidad; establezca servicios médicos y acondicione instalaciones para tal fin, con el objetivo de atender principalmente a los estudiantes de las cinco ciudades donde la Universidad tenía presencia entonces (Córdoba, Orizaba, Veracruz, Coatzacoalcos y Xalapa);* funde nuevas escuelas y facultades (Comercio, Ciencias Químicas, Medicina, Veterinaria, Ingeniería, Arquitectura); prepare académicos de universidades del extranjero, amplíe recintos y construya otros nuevos como los de la actual Zona Universitaria en la capital del Estado o las instalaciones de Veracruz-Boca del Río, expandiendo con todo ello la presencia de la UV a otros puntos de la geografía veracruzana.

Así, el rectorado de Hernández Palacios puede entenderse como un laboratorio donde se ensayaron exitosamente algunos de los postulados que a nivel nacional impulsaban en muchas otras instituciones de nivel superior Miguel Alemán Valdez y Adolfo Ruiz Cortines desde 1948, teniendo como fin último convertir a las universidades locales en el medio para resolver las carencias de un país que no terminaba de percibir con claridad los beneficios del régimen posrevolucionario. Dichos esfuerzos suponían, de igual manera, acabar con el milenario centralismo de nuestro país, al fundar en los estados instituciones de educación superior similares a las de la Ciudad de México.

Empero, más allá de que dicha política educativa obedeciera a las decisiones de un centralismo republicano, la generación a la que pertenece el maestro Hernández Palacios creyó en las instituciones del régimen gobernante, empleando sus mecanismos y organización para “promover una nueva conciencia solidaria para el bienestar social, sin distingos étnicos y cultivando una nueva mentalidad que reforzaba los valores del nacionalismo revolucionario. […] Él cobró conciencia del conflicto social y político cuando la Revolución mexicana dejaba atrás la lucha armada y, sin que superara la lucha de facciones, se iniciaba la reconstrucción revolucionaria; no tomó las armas para combatir al adversario, tomó el abecedario para convencer al prójimo”, afirma Ricardo Corzo en su ensayo “Aureliano Hernández Palacios, el intelectual” publicado en Aureliano Hernández Palacios: homenaje.

Y en dicha empresa, es justo mencionarlo, Hernández Palacios recibe el apoyo incondicional del gobernador Marco Antonio Muñoz Turnbull quien con firme entusiasmo respalda el trabajo del oriundo de Tequila, Veracruz, al grado de considerarlo, al final de su sexenio, como una labor compartida por su alcance y logro social. Afirmaba el ‘gobernante universitario’ –nombrado así por el maestro Hernández Palacios– en su último informe de Gobierno de 1956 –recogido en Estado de Veracruz : Informes de sus gobernadores 1826-1986 por Carmen Blázquez–: “En esa educación social y económica debemos afianzar nuestro nacionalismo, para que sean gratas las relaciones entre los factores sociales, por una parte, y entre el pueblo y el Gobierno, por otra, sin necesidad de tener que recurrir a disposiciones dictatoriales, a insurrecciones, ni métodos tiránicos y policíacos de Gobierno. […] Nuestro gobierno trató de ser profundamente humano. No se realizó ninguna obra para recibir aplauso, sino para devolver al pueblo lo que es del pueblo y que el pueblo anhelaba” (Tomo XVI, pp. 8517-8518).

En ese sentido, la misión otorgada a nuestra Universidad fue muy clara: la institución educativa como el único medio social para resolver los problemas del estado y la nación. Sin embargo, si concedemos que la cultura es también una alternativa que contribuye a solventar las carencias del país, planteando soluciones en beneficio de la sociedad, entonces debemos reconocer que la UV realizó esfuerzos efectivísimos de gran valía. De ahí que Hernández Palacios advierta en particular que dicha empresa deba estar asociada al crecimiento de todas aquellas actividades relacionadas con las Humanidades dentro de la nuestra máxima Casa de Estudios.

Entre abril de 1955 y diciembre de 1956, Hernández Palacios –según cuenta en Xalapa de mis recuerdos, Polvo en el camino y Testimonio de la Universidad Veracuzana, de manera dispersa– se esforzará al máximo de sus capacidades para hacer rendir un ajustado presupuesto de 5.5 millones de pesos. El listado de beneficios es comprobable hoy en día: 1) construcción de la Biblioteca Central de la UV, en Xalapa; 2) creación del Departamento de Bellas Artes –acción que aglutinará las actividades artísticas y de difusión de la Universidad alrededor del Coro y el Cuarteto Clásico, Radio Universidad y el grupo de Danza–; 3) fundación del Teatro de Cámara –a cargo de Dagoberto Guillaumin Fentanes, quien promueve tanto la representación de obras de autores de prestigio (Miller, Chejov y O’Neill, entre otros) como de piezas de jóvenes dramaturgos mexicanos (Sergio Magaña, Héctor Mendoza, Sergio Galindo y Emilio Carballido); 4) apertura del Instituto de Lenguas (antecedente del Centro de Idiomas) y de la Facultad de Filosofía y Letras (hoy Letras Españolas y Filosofía por separado), a cargo de Librado Basilio y Fernando Salmerón, respectivamente, impulsores de planes de estudio que incluyen cátedras de Español Superior, Francés, Italiano, Alemán, Inglés, Latín, Griego, Náhuatl y Totonaco; 5) organización de las Jornadas Cervantinas en Xalapa, a fin de conmemorar el CCCL aniversario de la publicación de El Quijote; 6) apoyo para la organización del Tercer Congreso Nacional de Directores de Teatro; 7) realización de más de 40 conferencias con intelectuales y personalidades de la cultura nacional, destacando la presencia de Eduardo García Máynez, Nabor Carrillo, Germán Lizt Arzubide, Rodolfo Usigli, Rubén Salazar Mallén y Gabriel Cházaro, además del joven Fernando Salmerón y del propio Hernández Palacios; 8] otorgamiento del primer doctorado Honoris Causa a Pablo Casals, y 9) nombramiento “Rector Emérito” a Manuel Suárez Trujillo, rector fundador de la UV.

Según se advierte, la obra de Aureliano Hernández Palacios es un proyecto educativo de marcada preocupación por todo lo que tuviera como fin último incrementar el nivel de la enseñanza media y superior, contribuyendo con sus egresados a la solución de los problemas cotidianos de la sociedad veracruzana. También se permite la lectura que refiera un trabajo en pro de la consolidación de la presencia de la Universidad Veracruzana como “la primera de las Universidades de Provincia y en el extranjero como una de las Universidades más prestigiadas de nuestra Nación”, donde el trabajo estuviera marcado por “la colaboración y la crítica constructiva”, con el único objetivo de servir a la Institución “con toda devoción, con hondo cariño” para construir una nación mejor desde las aulas universitarias, punto de partida de la prosperidad y el desarrollo del México moderno idealizado por Alemán y continuado por Ruiz Cortines.

Pero afirmaba al principio de estas líneas, retomando a Ramón Rodríguez, que parte del legado del maestro Hernández Palacios radica en la continuación de los esfuerzos que Coutiño Muñoa impulsó hasta 1954, es decir, la construcción y ampliación de la infraestructura de la UV, así como el fortalecimiento de la cultura. En particular, el poeta se refiere a los cimientos del proyecto intelectual más importante del siglo XX en Veracruz: la fundación de la Editorial universitaria y a la proyección de la publicación imaginada por Fernando Salmerón, Dagoberto Guillaumin en un principio y concretada en 1957 con Sergio Galindo y Gonzalo Aguirre Beltrán: La Palabra y el Hombre, la revista más importante de la historia de nuestro Estado, ahora ya cincuentenaria.

Así, el recuento obliga a referir los esfuerzos previos del rectorado del abogado tequilense: como responsable editorial del Departamento Editorial durante este periodo, Librado Basilio comienza la publicación tanto del Boletín Universitario como de la revista Universidad Veracruzana, cuya finalidad será difundir en el país y el extranjero la labor de la Casa de Estudios. Y de igual manera se promueve la edición de las Obras completas para el Centenario del nacimiento de Rafael Delgado, aparecen los dos primeros volúmenes de Biblioteca Universitaria, que incluían varios títulos: Lascas, de Salvador Díaz Mirón, Caracteres de la Literatura Italiana del poeta y crítico italiano Luigi Florentino (en traducción de Librado Basilio), Informe de la exploraciones de Cuautochco y Exploraciones de la isla de Sacrificios de Alfonso Medellín Zenil, La interpretación de la Revolución Mexicana de Xavier Icaza, Antología de la poesía moderna de Jorge Cuesta y Antropología física de Veracruz de Johanna Faulhaber.

El rectorado de Hernández Palacios termina en noviembre de 1956, al concluir el mandato del Gobernador Marco Antonio Muñoz Turnbull. El normalista seguirá dentro de la UV como catedrático de la Facultad de Derecho, luego de continuar y dejar las bases de numerosos proyectos, entre ellos el encomendado personalmente a Dagoberto Guillaumin Fentanes y Fernando Salmerón Roiz,: la proyección de la Casa de Estudios a través de una serie de publicaciones de carácter humanístico y científico, así como la manufactura de un medio impreso que identificara a la UV y que casi un año después se convertiría en La Palabra y el Hombre, proyecto que inició con el cobijo a los jóvenes Salmerón y Guillaumin.

La dificultad es ahora cerrar estas líneas… Cuenta Hernández Palacios que en el momento de dar su último informe rectoral y tras el brindis que los empleados y funcionarios le obsequian, repara unos segundos en la frase grabada en letras de molde que figuraban en el frontispicio de la Facultad de Derecho, la cual citaba a Augusto Comte, recordando el sentido de responsabilidad que debiera obligar la lealtad y la fidelidad en toda institución: “Nadie tiene más derecho que el de cumplir con su deber”, alcanza a leer el abogado. Nadie como él, es justo decirlo, sabía el profundo significado y el secreto que estas palabras guardan hoy en día cuando recordamos su ausencia.


* Dicho programa, que se brindaba a partir del pago simbólico de una módica cuota, será cancelado años más tarde. Hernández Palacios, en su Testimonio de la Universidad Veracruzana critica dicha acción de forma muy puntual: “Este servicio duró de 1955 a 1969, en que fue suprimido por el Dr. Carlos Díaz Román, sin ninguna justificación. […] Si había deficiencias, ellas pudieron haberse corregido y el servicio mejorado, pero no es raro que se haya suprimido, pues es común en nuestro país que la falta de continuidad en las obras, por buenas que éstas sean. Lo que tiene de extraña la disposición es que haya provenido de un médico que sabe de las carencias de profesores y estudiantes.” (p. 141)

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