Lejos del muladar ruido

Juan Vicente Melo: injusto es el olvido

Mayo 1, 2008 · Deja un comentario

Juan Vicente Melo en su estudio de XalapaQuerido y admirado Mtro. Juan Vicente:

Resulta extraño dirigirte estas palabras: nunca tuvimos la oportunidad de charlar o de siquiera ser presentados y sólo dos veces pude verte en vida. En ambas oportunidades mi ignorancia y el asombro hicieron su labor; en ambas ocasiones, ambas en Xalapa, quien habló fuiste tú sin que pudiera entender del todo lo que querías decir, acaso por mi inmadurez y el halo de misterio, de mito viviente que te rodea hasta hoy. Y ya luego, el destino, las “fuerzas atávicas de la naturaleza ajenas a nosotros” –como escribiste en tu Autobiografía–, jugó en contra nuestra y entonces decidiste hacernos la mala pasada de morirte, ese triste 09 de febrero, hace 12 años ya.
Desde donde te encuentres y afecto a los juegos y los secretos que has sido, tengo la firme impresión de que a partir de ese momento preparaste una serie de pruebas alrededor de tu obra, tu persona y tu fama literarias, con secretas pistas, casi invisibles, sin otro objetivo que ser descifradas por tus lectores (nuevos o experimentados). Lamento informarte, empero, que aún no han sido desentrañadas todas las claves que dejaste al amparo del azar.


Debes imaginar que muchos de tus queridos amigos y admirados discípulos te extrañamos; por ello ahora insistimos en reprocharle al destino que nos hubiera separado físicamente. Ahora te recordamos en Xalapa, Ciudad de México o el Puerto de Veracruz, conjugando un tiempo que siempre sucede en un instante distinto. La memoria no tiene una idea muy precisa sobre el presente.
Iniciaba diciendo: no te traté en persona ni pude hablar contigo. Por ello opté por comenzar a leerte. Entonces comenzó mi admiración hacia ti, al obedecer a la regla que dictaste cuando nos descubriste a Melville, Faulkner, Brönte, Celine o Bernarnos: los escritores deben ser conocidos a través de sus obras, a través de lo que han escrito ellos mismos y sus semejantes. Por ello, es un gusto enterarte de que la cincuentenaria Editorial de la Universidad Veracruzana (la fundada por Sergio Galindo y continuada en su espíritu y labor sólo por César Rodríguez Chicharro, Rosa María Phillips, Sergio Pitol y Luis Arturo Ramos) reeditó tu volumen de cuentos de 1962, Los muros enemigos, libro del cual te sentías tan orgulloso porque, como con Galindo, sabías que significaba la única oportunidad para consolidar tu obra y al escritor promesa que eras entonces.
Ese libro te destacaba como un notable e inteligente narrador en el panorama de la innovadora Literatura Mexicana de los años sesenta. Cierto, dicho volumen de cuentos se trataba de tu segundo libro en forma, pero las narraciones que conformaban Los muros… eran diferentes a las de La noche alucinada: éstas presentaban a un escritor preocupado por la voz y por el otro –en el sentido señalado por Octavio Paz–, presentándote inclusive singular al interior de tu propia generación (donde también destacaban tus entrañables Juan García Ponce, Inés Arredondo, José de la Colina, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, Carlos Valdés, etc.). En Los muros… Se advierte un narrador maduro que se interesa en un conjunto de temas ya presentes desde su primer libro: la imposibilidad del amor, el sentimiento de aversión a la ciudad, la afrenta y la humillación a las que se ven sometidos los hombres en sus relaciones cotidianas. “Creo que he llegado a un punto —en cuanto a estilo y temas— que no permite más ampliaciones. Creo que han sido agotados en cuanto a tratamientos”, decías en un ensayo de la época sobre ti mismo. Para entonces, tenías 30 años, eras ya uno de los jóvenes escritores veracruzanos y mexicanos por los cuales Galindo apostó, incluyéndolos en el catálogo de la novel editorial fundada en 1957. A ese grupo de temas, sólo faltaría agregar la parafernalia que rodea a La obediencia nocturna, esa otra novela fundamental de nuestra literatura, tan cercana a tu admirado Celine, tan próxima a La lechuza ciega de Samuel Hedayat. Más aún: el último cuento de este volumen prefiguraba ya el universo, ambiente y tono presentes en La obediencia nocturna.
La nueva edición de Los muros enemigos, Juan Vicente, es totalmente distinta a los ojos de los lectores, al tiempo que se conservan señales particulares que nos hablan de tu personalidad. Como entonces, el libro está compuesto por cinco inquietantes cuentos –“Música de Cámara”, “Estela”, “Los muros enemigos”, “Los amigos” y “Cihuateotl”–, sin embargo, ahora le antecede un prólogo de Alfredo Pavón –uno de tus críticos más interesados–; cierran la edición dos noticias bibliográficas de Gustavo Sáinz y Juan García Ponce, reunidos por increíble que parezca. Finalmente, se incluye una fotografía tuya que te hace poca justicia, pues fue tan malo el proceso de escaneo de la imagen que apenas si puede distinguirse al Juan Vicente sonriente y elegante que eras, como en las fotos que hace muchos años Vinós y Salazar te hicieran. Guillermo Melo Guzmán, tu sobrino, facilitó dicha imagen, toda vez que se ha convertido en uno de tus más interesados promotores de la obra literaria y cultural que legaste a este país.

Niños Melo

Empero entre ambas ediciones, la diferencia fundamental radica en la trascendencia que tienes para la Literatura Mexicana hoy en día. En 1962 eras un joven escritor provinciano que había decidido años antes abandonar el Puerto de Veracruz, el seno familiar y dejar de lado la profesión de médico, para optar por la apasionante urbe de la Ciudad de México y su intenso movimiento cultural, con el firme afán (o la obsesión) de convertirte en un escritor de profesión y no de tiempo libre. Los muros…, vistos desde esta perspectiva, constituían la confirmación de que no habías errado en tus aspiraciones, marcadas también por tu destino familiar. Por ello, creo que ese volumen de cuentos era algo más que una reunión de relatos, pues con él aspirabas a confirmar al mundo tu talento narrativo.
En Los muros enemigos dejaste constancia de tus afectos personales más caros para con tu otra familia, la de los amigos. En las dedicatorias y la elaboración de ese volumen estaban convocados José de la Colina, Inés Arredondo, José Emilio Pacheco, Juan y Meche García Ponce, Rosario Castellanos y Vicente Rojo. Por desgracia, en esta edición conmemorativa desapareció la huella Rojo, al ser eliminada la viñeta que ilustraba la portada del sobrio volumen original editado en la colección Ficción hace casi 45 años.
Pero hablaba de la impresión que el lector de hoy tiene acerca de tu obra: en 1962, Maestro Melo, era un autor que aspiraba a encontrar la voz y la expresión literaria que lo definiera. Ante todo su talento mantenía una relación proporcional a su juventud. En cambio, el lector de hoy tiene ante sí a un autor consagrado y fundamental para nuestras letras, todo un clásico secreto que pocos han leído, sea porque sus libros son difíciles de localizar o porque la crítica literaria (sobre todo la académica) los vuelve oscuros, inaccesibles, sin interés alguno para los nuevos lectores. De ahí que cada libro que compone la Edición Conmemorativa del Cincuentenario de la Editorial de la Universidad Veracruzana incluya notas bibliográficas de las mismas obras, además de un prólogo preparado ex profeso, donde se presente el sitio que una obra en particular ocupa tras haber sido editada en la UV.
En el caso de Los muros…, el prólogo es preparado por Alfredo Pavón en tanto que los editores consideraron que el rescate de las notas de Juan García Ponce y Gustavo Sáinz serían las apropiadas para traer a cuenta lo dicho por la crítica en su momento. Empero, una vez más los lectores tendrán una visión inexacta de tu obra, tal como sucedió con el proceso de escritura de La rueca de Onfalia o con la existencia del relato o novela corta El festín de la araña, que aún figura en las referencias bibliográficas sobre tu obra. En este caso, presentar a Gustavo Sáinz como uno de tus lectores atentos y eficaces resulta algo falso, equivocado, sin argumento alguno.
Quien hubiera leído tu Autobiografía, sabría que Sáinz formaba parte del grupo de La Onda, quien decidió emprender una actitud de enfrentamiento contra tu generación, la del Medio Siglo o Casa del Lago. Entonces, José Agustín comenzó a denostar la obra de García Ponce sin éxito alguno, en tanto que Sáinz publicó una reseña poco profesional, donde lo visceral imperaba sobre la evaluación a tu escritura. Ahora, el editor responsable de Los muros enemigos de 2007 cita fragmentos de esa reseña visceral, despojando a la nota original de sus intenciones primeras. En descargo tuyo, Juan Vicente, Gustavo Sáinz no ha escrito obra alguna tan reveladora y trascendente como las que conforman tu bibliografía y su figura literaria no hace siquiera sombra a ti o a alguno de tu generación.
Quisiera decirte más cosas sobre lo que ha pasado con tu obra “extraviada” o “escondida”. Diré sólo que Rafael Antúnez logró ubicar uno de tus libros y un conjunto de ensayos, y que en algunos meses será publicada una antología de retratos literarios, escrita por sus amigos y discípulos más entrañables. Pero eso será en otra oportunidad.
De estar entre nosotros, a principios de este mes hubieras cumplido 76 años. Entiendo que los muertos celebran sus aniversarios de forma normal e imagino que en tal caso habrías organizado una fiesta interminable, como aquella que le prometiste hacer a Gurrola, De la Colina y García Ponce hace muchos años. Pero la muerte es sólo una circunstancia más y por eso aún estás entre nosotros. Por ahora, ocupo tus propias palabras para despedirme: Juan Vicente “lo terrible ahora […] es que todos estamos escribiendo sobre ti, haciendo memoria, recordándote. Me asustan estos homenajes sinceros, sin duda, pero en el fondo terribles porque nos abofetean confirmando tu silencio, tu ausencia. Es injusto el olvido, de acuerdo, pero acaso lo es más tener que recordarte empleando un tiempo que no podrá ser nunca más presente. […] Pero, ya ves, aquí estoy yo también hablando de ti, como todos tus amigos, como todos tus hermanos […].”

Categorías: Cultura · Literatura Mexicana · Política Cultural · Política y Cultura · Veracruz

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